jueves, diciembre 22, 2016

El Bosque



Amo salir a comprar puchos a la noche. De paso paseo a los perros. Hoy se me pasó la hora ya que mis horas transcurren de noche mayormente. Es cuando me siento en silencio total y conmigo misma.
Al hacerse tan tarde no salí con los perros y me fui en bici. La azulcita con su canasto en el que a veces se sube E.T y me acompaña.
Volé sintiendo el fresco de la noche. Un placer inigualable. Volar sobre ruedas sin nada en la mente más que el fresco en tu cuerpo.
Hice tres cuadras y llegué a la avenida donde siempre hay kioscos abiertos pero no había luz, por ende estaba todo cerrado.
Decidí hacer un par de cuadras suponiendo que la luz volvería y encontraría un kiosco a pesar de mi miedo absurdo a la oscuridad.
Pero las cuadras se sucedían unas tras otras y la luz no aparecía.
De repente la avenida ya no era la avenida de todos los días sino que era una aventura. La oscuridad, la bici y yo y de repente luces de vehículos q te encandilaban.
El bosque!
Era el bosque con sus linternas. Ese bosque que tantas veces recorrí con mi mochila y con mi carpa. Con un peso extremo sobre mi espalda pero con la liviandad de estar en la oscuridad de la naturaleza absoluta donde el mal no existe, donde solamente existe la libertad y la supervivencia.
Más de una vez el bosque me dio miedo. Ese miedo aparece cuando te invaden pensamientos que tienen que ver con la maldad del hombre o con las cicatrices de la vida. Pero es un bosque en el que te adentrás aferrada a una linternita que creés que te salvará de el miedo a lo desconocido, a esa oscuridad pero que ese miedo es tan errado ya que la única luz que te salva es la de tu esencia. Entonces el miedo merma y seguís caminando, seguís pateando el bosque, subiendo cada vez más alto y el miedo ya no te paraliza sino que te vuelva más fuerte, hasta que desaparece totalmente.
El bosque hoy fue mi barrio ¿Miedo? ¡No! Seguridad. Nadie puede hacerte daño si vos no lo permitís. Menos un pozo sobre el asfalto.
La adrenalina crecía con la velocidad que mis piernas le daban a mi bici. Oscuridad total mientras tarareaba canciones que ya no recuerdo.
El placer de ser parte de esa oscuridad que es tan clara y tan sanadora. Y las lágrimas si caían. Porque a veces esperás, anhelás que alguien comparta con vos esa oscuridad. Pero las lágrimas se secan porque sabés que te tenés a vos mismo y porque sabés que estás por llegar para volver a partir.
Al final de 50 cuadras llegué.
Una sonrisa en la cara, unos puchos en el bolsillo y obviamente ¡una coca bien dulce en la mano!
Uno es a veces su propia oscuridad porque no ve la luz que lleva adentro y porque deja que el árbol le tape el bosque.
Mi bosque es parte de mi. Yo soy mi propio bosque, mis montañas, mi hogar, mi oscuridad y mi luz.



El Bolsón-Patagonia Argentina