sábado, mayo 09, 2015

La Silla

Campo, campo , campo, mucho campo.
Pequeña casa colmada de transeúntes que deambulaban del sillón a la cama de la cama a la silla de la silla al cigarrillo.
Silla de ruedas y mujer palideciente con sus mechas bien negras sobre su cara que no levantaba mirada jamás.
Todos circulaban esquivándola, con pasos pesados, con penas que ya no cabían en sus cuerpos y los hacían casi besar los pisos y sangrar sus rodillas, encorvar sus espaldas duras, curtidas y sangradas por los látigos de los interminables días de esqueléticas sombras que perseguían sus mentes y flagelaban sus cuerpos de inconstantes respiros; ellos, los todos, no la veían, más bien no la pensaban, mejor dicho intentaban no percibir  la presencia de la silla que mirasen donde mirasen los acosaba desde los rincones, fija, triste y oscura;  escalofríos por sus sistemas nerviosos que les daban horrendos shocks los llevaban a alejarse lo más posible, de la silla, por un temor inmenso, inconmesurable y absurdo  ¡¿Absurdo?! ¿Por qué no? ¿Quién sabe?...
La niña, ella, inocente, transparente, casi translúcida, con un alma blanca y una mirada liviana; la niña era quien le tenía piedad y compasión la que podía mirarla con sus cielos ojos elevados, sin bajarlos, sin sentir lástima ni temores transitando las baldosas frías de la casa casi como flotando, sin arrastrar sus  pies, con pasos dulces pero firmes, buscando en los rincones a la silla con la curiosidad de un ángel que baja a la tierra y pretende conocer las acciones de los hombres.
Jamás le había temido a la soledad de la casa de alto, de baldosas frías y transeúntes temerosos. Jamás le había temido a las tormentas ni a los rayos que caían repetidamente casi sobre la ventana de su habitación. Jamás se había prteguntado siquiera por qué ella vivía en esa casa ni por qué nadie la visitaba. Nunca jamás había pensado en vivir en otro sitio.  Nunca jamás se le ocurrió que algún otro sitio existiera. Y nunca pero nunca le temió a la silla oscura de mechas negras. Pero un día de fina garúa; un día en que no se escuchaban cuerpos arrastrados cerca; un día donde sonaba una melodía en la casa, una nana tranquila, serena y suave al son de la llovizna que no cesaba. Ese día, el día más perfecto para observar por su ventana, para recorrer la casa, para bailar, brillando y patinar en las baldosas del largo comedor, completamente sola, completamente consigo misma, sintió que sus extremidades comenzaban a paralizarse. Estremecida buscó a su respiración pero casi no obtuvo respuesta. Sus ojos que no conocían lágrimas ni humedad alguna comenzaron a derramar sal sobre su cara. Intentaba moverse pero su cuerpo se retorcía, se contorsionaba, caía hacia el piso como si un imán lo atrayese. En la espalda sentía el peso de mil rocas y sus piernas no tenían la fuerza suficiente para soportarlo. Desesperada comenzó a buscar ayuda, compañía, ¡algo! Mil preguntas desconocidas y misteriosas colapsaban su mente y aunque intentaba gritar las palabras no transpasaban sus cuerdas vocales y se anudaban en la garganta y en su estómago. De pronto, en su rincón preferido, ese rincón al lado del reloj antiguo y del ventanal, de los libros y de la claridad de las horas del día...¡la silla!, la dureza, la tristeza, la oscuridad siendo las doce. La desesperación y el miedo...el temor y la desdicha. La silla se le metía en sus pensamientos, percibía sus miedos y se volvía más cruel...la enredaba en sus mechas negras y la sometía a su tristeza, a su agonía, a su soledad. La atraía hacia ella. La zambullía en sus deseos malignos y rencorosos volviendo a ese otro cuerpo parte vital de su alma; tiñéndola de negro sin dejarla escapar. Mutilando su frescura y su juventud, condenándola a un espantoso encierro dentro de cuatro gigantes muros que no podrían romperse nunca más.
Paralizada la niña intentó escapar. Pensó en un pájaro. Se pensó un ave y quién sabe de dónde sacó el poder ¡pudo desprender sus pies del piso y correr! No sabía hacia dónde, pero corrió y siguió corriendo. Subió escaleras, recorrió pasillos, abrió cien puertas hasta ver una ventana abierta por la cual se escabulló. De pronto una ráfaga de aire fresco, con la lluvia que ya a esa altura era tupida, le dieron una esperanza, aunque sus pensamientos no podían ser claros ni optimistas.
Desde la ventana se arrojó a un techo que asomaba ¡Todo era tan confuso! Paredes gigantes empezaron a levantarse llenas de maleza mala y con espinas. Estas paredes se le hacían familiares, aunque supuso nunca haberlas visto antes...pero le era de repente todo tan familiar, como si ya hubiese conocido a esas paredes que se descascaraban sobre su cara y crecían casi enterrándola, pinchándola, atrapándola.
No podía hacer otra cosa que subir, escalar apoyándose en  las ramas que surgían de todos los lados. De pronto sobre una de las paredes se abrió un hueco por el que pudo ver, ver, ver...¡ya no quería ver, solamente quería despertarse!
De pronto por esa abertura vio que los campos ya no estaban; toda esa inmesidad de verde se había transformado en mar, en océano. Agua y más agua por todas partes. El agua se había tragado a la casa, junto a muchas de las almas abatidas que en ella vivían. La oscuridad se lo había llevado todo. Sin bote, sin tierra firme, sin luz, sin esperanza...solamente ese muro que sostenía lo que quedaba de ella y esas enredaderas frondosas que con sus espinas bloqueaban algún indicio positivo que le quedara.
Pensó en saltar. Abrir más la apertura del muro y saltar. Sin esperanzas de llegar a ninguna costa.  ¿Pero qué otra cosa le quedaba para hacer? Cuando lo decidió después de un largo tiempo de meditarlo, confusa, observó que dentro del agua se movían a toda velocidad cosas. Cosas que ella no conocía. Unos bichos raros alargados, escurridizos, que con su único ojo parecían desear que ella cayerse para devorala, penetrarla y llenarse con cada célula de su inocente blancura.
Estaba frustrada. Exhaló y continuó subiendo repitiendo sin parar,-quiero despertarme, quiero despertarme-.
Continuó trepando siendo la pared cada vez más alta, creciendo más y más a medida que ella avanzaba; una cumbre inalcanzable y un cielo tan lejano tan rojo, tan Filoctetes en su pira,  tan de fuego, que ya no sabía si quería alcanzarlo.
Y de pronto ¡gritos! Espeluznantes gritos y los transeúntes de la casa todos, salían de la nada.  Cuerpos asquerosos, que babeaban y gritaban ensordeciéndola, enloqueciéndola. Esos cuerpos que se iban estrellando de a uno, o de a muchos, o de a todos juntos contra las paredes una y otra vez hasta hacerse añicos; reventando sus cráneos, despedazándose, empujándose con violencia hasta hacerse trizas, mientras ella atónita, perpleja, era bañada en sangre de los miserables y la convertía más que una espectadora, la transformaba en otro cuerpo sin mente perteneciente a la misma detestable miseria.
Todo se sucedía rápidamente. Los cuerpos se volvieron pedazos desmembrados que caían al océano uno tras otro, hasta desaparecer por completo detrás de las paredes quebradas.
Era el fin. Era el fin cuando desde lo alto, desde ese fuego incandescente, la niña escuchó una voz, una voz de telaraña, una voz carrasposa de mechas negras y silla de ruedas postrada en rincones, ahora ya no oscuros, si no ardientes, furiosos, en medio de un cielo tormentosamente maldito.
La niña levantó la vista entregada a ese destino provocado por ver fuera de su blanca inocencia; el destino al que ella nunca supo que se encaminaba, cegada por su feliz infancia, necia, tan felizmente necia; creer en la bondad, creer en que todo estaría bien para siempre ¡qué necedad!...y finalmente ¡el ver! Y al ver también  escucha desde la tenebrosa voz,  -¡Sos mía!- Las mechas negras se incorporan se levantan de la silla que levitaba en el huracanado cielo rojo las mechas negras levantaron la mirada de fragilidad furiosa, la niña lo mismo hizo...las miradas se encuentran y la niña desea morir porque en verdad ya ha muerto...la silla de largas mechas negras, la oscuridad, la maldad, la devastadora nada que arrasó, destruyó y desvaneció todo su mundo feliz bajo las lánguidas mechas negras de paralítica silla de ruedas oscura ¡tenía su mismo rostro!
¡Despiertenmé! Por favor...