domingo, octubre 26, 2014

El Loco de los Boletos

EL LOCO DE LOS BOLETOS (Ivi Vitelli)

Bajé en la misma parada de siempre, allá por los pagos de Caseros. Esta vez tenia indicaciones específicas guardadas en un papelito para llegar a otro destino cercano allí pero no tanto como para caminar. Pregunté por la escuela indicada y por la parada del 181. Allí donde no había cartel alguno era la parada.
Esperé con otras dos personas no más de cinco minutos cuando velozmente y con  ímpetu dobló el 181 cartel amarillo. A media cuadra se detuvo y comenzaron los bocinazos; un coche había maniobrado para salir de donde estaba estacionado y se la dió de frente contra un coche que salía del estacionamiento de enfrente. A todo esto tres colectivos atascados por el accidente. Movieron los coches y el 181 llegó a mi parada. La señora cachetona le hizo seña molesta por la demora y bocinazos anteriores. Subimos. El colectivo venía lleno y como yo no estaba orientada decidí sentarme en el asiento que está justo en primera fila del lado del pasillo, o sea, en el asiento que casi está aplastado contra la máquina expendedora de boletos con tarjeta Sube, la máquina expendedora de boletos con monedas, el chofer, la maquinita donde el chofer aprieta cuando uno le pide el boleto, y la gente que sube y al ser tan diminuto el pasillo para pasar hacia el interior del colectivo, se refriegan contra todo tu costado izquierdo del cuerpo que suda y suda pegado al pasajero del lado izquierdo e irritado por los roces reiterados del lado izquierdo.
La molestia en ese asiento siempre es muchísima por algo casi todo el tiempo está desocupado. Lo ocupé porque el viaje según me habían indicado era muy corto y porque el choffer iba a indicarme adonde bajar.
Pasaron unas dos paradas o cuatro cuadras como se prefiera y sube cantidad de gente. Entre ellos y al final, se presenta eufórico ante el choffer, un hombre, un hombre que se llama a sí mismo -"¡el loco de los boletos!"-. Casi no pude divisar su rostro ya que siempre se mantuvo con la vista hacia el hombre concentrado en su volante, emitiendo pequeños diálogos y con su dedo ìndice apoyado en la máquina donde el conductor marca el precio del pasaje. Su dedo índice comenzó a presionar una de las teclas, justo la más grandecita sobre el borde derecho de este aparato. Presionaba una y otra vez y este hombre de contextura delgada, un tanto encorvado, de piel curtida y por lo que vi muy malas condiciones su dentadura, presionaba y presionaba una y otra vez y el ruididito comenzó a ser música para mis oídos, música creada por el ruido de la máquina más el boleto que caía y comenzaba a llenar ese espacio que las máquinas con monedas tienen con tapa semi transparente de donde uno antes de tener la tarjeta magnética tomaba su boleto impreso; la música era ya orquesta, las risas del Loco de los Boletos contagiaban y transportaban a un mundo o mil mundos diferentes... mundos a los que seguramente él viajó con cada presión en la tecla y cada boleto que imprimía sin pagar, sólo por juego, sólo por ver colmado ese espacio.
Mientras él seguía sonriendo yo no podía dejar de sonreir con él y de viajar como pasajera a esos mil mundos a los que me llevaba su música y vivir esas mil vidas a las que me llevaban cada boleto que llenaba ese espacio que parecía nunca colmarse pero que con la velocidad en la que apretaba y presionaba caían más y más amontonándose uno tras otro, uno arriba del otro, enredados o simplemente tocándose en un suave roce que los hacía flotar y acomodarse para dar espacio a un nuevo pasajero, una nueva vida, un nuevo mundo.
El roce de la gente que no paraba de subir parada tras parada en el recorrido del 181 ya no me importaba. Mis ojos y mi sonrisa se habían detenido en este loco que en su locura tenía la más certera claridad de que sólo somos viajantes, pasajeros en este mundo que nos lleva quién sabe adónde; del que nos bajamos y volvemos a subir quizás en otro viaje o quién sabe ¡Esta feliz locura de vivir, inmortal, sin parar de viajar jamás, para siempre, me hizo feliz!
Cuando el espacio estuvo colmado, lleno de papeles con distintos destinos y valores, fechas y horas, "El loco de los boletos" siguió sonriendo; saludó con la misma alegría con la que subió al choffer quien frenó suavemente, lo despidió sabiendo que este hombre subiría a otro colectivo y a otro y a otro más así por el resto de los días de su vida, de sus viajes, de su inmortalidad. Entonces es que arrancó, me miró de reojo y me dijo - pidió que cuando se muera lo entierren y lo cubran con los boletos-.
Sonreí llena de esperanza perdiéndole un poquito más el miedo a la muerte.
La vida, un pasaje, la vida, un pasaje, la vida, un pasaje, la vida un pasa, la vida un pa, la vida un p, la vida n la vida u, la vi. la v, la, l,.....................................