jueves, junio 19, 2014

Los Perros

El perro acurrucado
ruega en sus sueños
huesos, plazas y pelotas.
Sonidos fuertes de motos
para correrlas furiosos.
El perro se desenrosca
y con sus ojos me habla.
Y con mirada cabizbaja
 me susurra estas palabras
-¡En dònde estuviste todo el dìa,
aunque te vi ahì acostada!-
Le respondo
-¡No lo sè!
Ya no percibo a mi alma.-
Pega un salto y se me acerca
revolcàndose en mi cama
en la que yazco adormecida
casi sin mover pestaña.
El frìo es de pronto màs frìo
y las canciones de silencio demasiadas,
pero el perro,
el perro me acaricia con sus patas
y lenguetea mis manos
para verlas despertadas.
De pronto el otro perro
propone que yo lo corra descalza,
lo miro pidiendo un ¡basta!
¡basta que hoy no tengo ganas!
-Pero si ya pasaron cien dìas
y extraño ir a la plaza-,
me gritan con sus ojitos
mientras yo les doy la espalda.
Es entonces que se rebelan
y revuelcan mis frazadas,
llenan la casa de pelos
y sus gritos no se callan.
 Doy medio giro y las miro
a estas dos pequeñas almas
mientras se huelen los culos
en una frenètica danza.
Es entonces que despierto
de mi màs profundo sueño,
sueños con ojos abiertos
mirando la pared blanca.
Los miro y ellos descansan,
descansan de sus andanzas
y son tan agradecidos
que con sus ojos me abrazan.
Las contorsiones de sus cuerpos
me visten, alientan y traspasan,
tan càlidamente que floto como las hadas.
Ellos no son mascotas,
son àngeles de la guarda
 que no dejan que me abandone
por màs que mis piernas caigan.