jueves, junio 19, 2014

Goodbye

No tendría más de catorce años. Era una niña muy solitaria y retraída. Mejor alumna en todos sus años de escuela primaria y cuadro de honor en sus primeros dos años de secundaria.
A pesar de la vida familiar que le había tocado llevar, ella se las ingeniaba para salir airosa.
Sus padres se habían divorciado cuando ella apenas era una criatura.
Esos años fueron difíciles para las dos, ella y su madre quienes vivían a mate cocido con medialunas viejas
que la panadera les regalaba de lo que no se había vendido el día anterior.
De todos modos y a pesar de la miseria y de la casa que se caía a pedazos ella era muy feliz jugando con su madre a la casita debajo de la mesa y desplegando un arsenal de cacharros con los que servía las exquisitas facturas en su fina mesa con tasitas de té de porcelana agasajando a su mamita que tan cansada estaba.
Era feliz.
La pobreza era un juego muy divertido de jugar cuando el amor la tapaba con suaves paños de cariño.
Pronto su  madre conoció a un hombre, bastante feo tipo. Su madre era muy hermosa. Pero ella decía que el hombre era trabajador y bueno. De todos modos a la pequeña no le gustaba pero para nada.
Con ese señor vinieron señoritos. Esas pequeños renacuajos que nacen un día y copan todos los rincones de la casa. Se apoderan de tu habitación de tus juguetes, de tu ropa, de tu cama y hasta de tu casita de debajo de la mesa y tus tasitas de té.
Ya no comían facturas en esa casa. Ahora había gran variedad de manjares que la niña casi siempre se negaba a comer y robaba de la bolsa un trozo que se llevaba y escondía debajo de la almohada para chupar de noche y soñar con sus tardes de mate cocido en tasas de porcelana.
Pasaron los años. Se volvió muy responsable, una pequeña adulta.
Su padre,... su padre; pocos datos sobre él. Un hombre muy bohemio. Músico y poeta escuchó ella decir por ahí.
Nadie hablaba de él. Era un ser olvidado. Ella no sabía por qué se habían separado si estaban bien con él. Resonaban siempre en su cabeza bluses nocturnos de una áspera guitarra y una voz carrasposa.
A veces creía estarlo soñando pero recordó un día a sus cuatro años apróximadamente, levantarse de madrugada, caminar descalza por el piso frío y húmedo de la antigua casa, y asomarse calladamente por una enorme puerta de la que salía una tenue luz de velas y un sonido tan dulce, tan profundo que a sus cuatro años se le estremeció el corazón. Su padre tocaba para su madre y le cantaba hermosas palabras que ella no comprendía, pero sabía que eran hermosas porque lo decían con sus miradas.
¿Por qué se separaron?, no lo sabia pero a sus catorce años quiso averiguarlo.
Le comentó a su madre de su deseo de encontrarse con él. El marido de su madre no estaba de acuerdo. Decía que demasiado sacrificio había hecho él todos esos años haciéndose cargo de una hija ajena, educándola, vistiéndola, dándole de comer. Su madre nunca decía nada ante ese tipo de palabras en defensa de la pequeña, simplemente le daba toda la razón a su marido.
Pero aquella vez, a pesar de la perseverancia de estos adultos por vencer el deseo de la niña, no pudieron.
Tanto insistió  la pequeña que los convenció. Los berriches y las peleas eran a toda hora; desplantes que en su vida de sumisa y correctamente diplomática había tenido.
Les ganó por cansancio.
Buscaron al padre. No vivía nada lejos de su casa.
Vivìa en una pieza que alquilaba en el fondo de la casa de una viejita sola.
Entre los adultos acordaron el encuentro, la hora de ida y de vuelta.
Y el día llegó. Ella estaba emocionada.
Se encontraron en la plaza del barrio a las tres de la tarde para lo cual ella faltó al colegio.
Pidió a su madre que queria ir sola aunque sabía con certeza que la estarían espiando.
Ella tres de la tarde en punto estuvo ahí clavada.
Los minutos pasaban y el señor no aparecía. Ya su decepción comenzaba a crecer.
Cuando estaba completamente frustrada luego de esperar media hora calcula ella ya que no tenía reloj y los celulares en esa època no existían, ve de entre los árboles asomarse a un hombre.
Enseguida lo supo. Era èl.
Sumamente delgado, vestido con un holgado y viejo traje gris y peinado como había podido a esos pelos largos y grises también que colgaban sobre su cara.
De una larga barba haciendo juego con todo lo gris que era pero con un brillo, un brillo tan grande que iluminaba todo a su alrededor.
En su cara una mueca sonriente, con dos hoyuelos que ella bien conocía ya que tenía los mismos.
En su mano llevaba flores; flores que habría cortado de alguna casa; un ramo de flores dispares que combinaban con todo él. No podía llevar otro ramo. Debía ser ese.
Se iba acercando por entre los árboles desde la otra punta de la plaza y la felicidad en ella estallaba.
Ambos iban encontrando sus miradas y sonriendo con ellas. Las muecas se decían cosas. Se pedían perdón y se perdonaban; se contaban los por quès, explicaban, se contenían, se consolaban.
No hubo más nada que los separara.
Era su padre.
Empezaron a frecuentarse a pesar de la negativa del marido de su madre.
Habían llegado a un acuerdo. Ella había comenzado su tercer año de secundaria y salía a las diez de la noche y la parada en donde bajaba de su colectivo no era agradable, era una zona un poco despoblada con arboledas enormes al costado de la autopista; todas las noches el marido de su madre pasaba a buscarla por la parada en su coche y regresaban a la casa. Con su padre acordaron que una vez por semana él se haría cargo de buscarla y caminar las ocho cuadras hasta la pieza donde vivía. Al otro día luego de almorzar ella volvería al colegio del mismo modo. La acompañaría a la parada y esperaría que tomase el colectivo.
A pesar de los peros, llegaron al acuerdo entre los adultos.
Su padre le contó que había comprado un sillón de dos cuerpos en una feria par que cuando ella se quedara durmiera en su cama y èl usara el sillón.
El primer día de esta travesía llegó.
Con las mil recomendaciones se fue al colegio. Todo el día estuvo ansiosa. Al final las benditas diez de la noche llegaron. Salió casi corriendo. Tomó su colectivo y en breve estuvo en su parada.
Bajó entusiasmada pero nadie la esperaba. Miró hacia todos los lados y nadie. El no estaba.
Supuso que se habría demorado como en su primer encuentro. Pasaron los minutos supone ella, y nada.
Buscó en sus bolsillos unas monedas para llamarlo desde el teléfono público que estaba a unos metros ¡cuando lo ve venir a una media cuadra!
Bajò la vista, tanteó su bolsillo y guardó las monedas; levantó rápido la mirada pero ya no podía verlo. Se preocupó.
Volvió  a sacar las monedas que estaban bien metidas dentro de su bolsillo y fue hasta el teléfono. Sonò unas tres veces y la atendió. -Perdón, me retrasé, ya estoy allá-. Se quedó más tranquila.
Pero los minutos seguían pasando y èl no llegaba. Buscó más monedas para llamar nuevamente pero ya no tenía. Asì que pensó y decidió. Caminaría. Por un momento se sintió una heroína. Jamás había caminado sola. Se sintió adulta por primera vez.
Caminaba con una sonrisa cada vez más firme y segura. Observaba las casas. Escuchaba los tenues sonidos. Sentía el viento del otoño pegándole en la cara. Se sentía libre.
Llegó a la dirección correcta. Buscó el timbre pero no había. Pensó en golpear la puerta pero no quería asustar a la viejita que le alquilaba la pieza a su padre. Asì que abrió la pequeña reja y caminó por el pasillo que la llevaba a una puerta que supuso era la de su padre. Mientras caminaba iba percibiendo con el olfato un olor como a sopa o a guiso o a carne hervida, una mezcla ¡Estaría cocinando! Por eso se habría demorado.
Llegó a la puerta. Golpeó suave. Nadie salió. Llamó varias veces pero nada; asì que probó el picaporte. La puerta abriò. El olor se impregnó turbio en sus fosas nasales. -¿Papà?- Sonaba Jonh Lennon de fondo:

"Mother, you had me
but i never had you
i wated you
but you didnt want me
so
i got to tell you
goodbye
goodbye

father, you left me
but i never left you
i needed you
but you dident need me
so
just got to tell you
goodbye
goodbye
Children, dont do
wat i have done
i couldnt walk
and i tried to run
so
i got to tell you
goodbye
goodbye
Mama dont go
daddy come home
mama dont go
daddy come home"

No pude aguantar el llanto. No pude. No pude abrazar su cuerpo. No pude. No pude dejar de dormir con la luz prendida. No puedo ¡No puedo sacarme el olor a sopa y carne podrida de la nariz!


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Los Perros

El perro acurrucado
ruega en sus sueños
huesos, plazas y pelotas.
Sonidos fuertes de motos
para correrlas furiosos.
El perro se desenrosca
y con sus ojos me habla.
Y con mirada cabizbaja
 me susurra estas palabras
-¡En dònde estuviste todo el dìa,
aunque te vi ahì acostada!-
Le respondo
-¡No lo sè!
Ya no percibo a mi alma.-
Pega un salto y se me acerca
revolcàndose en mi cama
en la que yazco adormecida
casi sin mover pestaña.
El frìo es de pronto màs frìo
y las canciones de silencio demasiadas,
pero el perro,
el perro me acaricia con sus patas
y lenguetea mis manos
para verlas despertadas.
De pronto el otro perro
propone que yo lo corra descalza,
lo miro pidiendo un ¡basta!
¡basta que hoy no tengo ganas!
-Pero si ya pasaron cien dìas
y extraño ir a la plaza-,
me gritan con sus ojitos
mientras yo les doy la espalda.
Es entonces que se rebelan
y revuelcan mis frazadas,
llenan la casa de pelos
y sus gritos no se callan.
 Doy medio giro y las miro
a estas dos pequeñas almas
mientras se huelen los culos
en una frenètica danza.
Es entonces que despierto
de mi màs profundo sueño,
sueños con ojos abiertos
mirando la pared blanca.
Los miro y ellos descansan,
descansan de sus andanzas
y son tan agradecidos
que con sus ojos me abrazan.
Las contorsiones de sus cuerpos
me visten, alientan y traspasan,
tan càlidamente que floto como las hadas.
Ellos no son mascotas,
son àngeles de la guarda
 que no dejan que me abandone
por màs que mis piernas caigan.