sábado, mayo 03, 2014

Setenta

Setenta.
Setenta indicaba la velocidad màxima en ese paso a nivel llegando a la estaciòn ansiada.
Era de madrugada. Mi boca sabìa a oles de todos los aromas que imaginaras, de todos los colores que pertenezcan a este prisma, de todos los mareos que en las alturas dominaran. Setenta leì otra vez, acercàndome al cruce de la vìa nocturna e insonora. Mis piès iban menguando marcha; ya se arrastraban, reventaban dentro de las pesadas botas de cuero apelmazadas . Mis piès se rebelaban y en su rebelo me señalaban, ¡setenta! ¡setenta, velocidad màxima! para esos pasajeros que pronto bajasen de sus noches en la estaciòn de allà a una cuadra por la que yo no pasarìa en mi retorno a casa. Cada paso era màs espeso, cada inhalaciòn màs abandonada, querìa llegar a casa, pero ni a el setenta llegaba. Con esfuerzo alcancè las vìas; creo que mis piès sangraban. Y ahì lo vi de cerca a ese setenta que brillaba y no impedìa que me detenga rièndose a carcajadas para dejarme dormida y para siempre contemplada. Esa noche habìa sentido a mi juventud desparramada mientras todos se reìan, yo por dentro lloraba. Ahora ya sin remedio estos nùmeros me miraban y especial sonrisa siete y cero me sacaban, pensando no en otra cosa que en acostarme a su porte, que mi velada cuidara hasta que la feroz envestida, màgica y apresurada, descuartizara mis miembros y por el aire flotara. Hoy acà me encuentro quebrada pero no por ese setenta a quien dejè por la nàusea que me llevò de corridas hasta el jardìn de mi casa, con mis mùsculos temblando y mis làgrimas calladas. Un siete, un revolver gatillado, un cero, la misma nada... esperan a la vuelta, en mis vìas despojadas de este dolor inmundo que oscurece a mis entrañas.