domingo, mayo 25, 2014

¡Este olor a invierno que no se me va!

¡Este olor a invierno que no se me va!
Mi imagen hecha un fantasma perfectamente redondo y blanco.
Soy un fantasma que se olvidó de como volar y quedò anclado en las orillas de una derrumbada ciudad, de un calabozo hecho cadenas que me atan al azar.
¿Es que acaso la muerte será algo más triste que esta vida?
Las personas normales salen ríen y viven.
Las personas normales hablan unas con otras de cosas que desconozco.
Los fantasmas habitamos los agujeros de la profunda oscuridad.
Los fantasmas tenemos gatos que simulan calentar nuestros hélidos pies, y este olor a invierno que no se me va...
Los fantasmas desesperamos en invierno ya que el frío nos aleja más...
La desesperanza duele, duele, ¡duele cada vez màs!
¡Es que estoy  tan lejos, tan!
Hoy la gente es medias de red, escotes, minifaldas y piropos... galanteos, sonrisas, bebidas y besos.
Hoy las pieles se calientan con los roces de las sàbanas y las cosquillas del amar.
Hoy la gente vive como gente y no como fantasmas. Y yo, solía ser gente en tiempos lejanos pero hoy no me acuerdo de eso; solamente siento este olor a invierno que no se me va y mi felicidad perdida en una sala de estar.

Andaba distraída

Andaba distraída,
distraída andaba.
Perdí mi alma por el camino,
mi alma quedó anclada.
Pensaba en muchas cosas,
y a la vez en nada,
perdí mi alma por el camino
un camino hacia la nada.
La mañana olía a cerezos
y a tus besos tan lejanos
y en mis cajones revueltos
andaba desencontrando.
Perdí mi alma en este camino
tan de ripio tan de zarzas.
Y ya no pienso en otra cosa
que en volar sobre la lava
que me hundió ese domingo
dejandomé devastada,
sin alma,
besos ni pasos
que devuelvan mis entrañas
que te llevaste tan lejos
cuando me perdí descalza.
Andaba distraída,
 distraída andaba…
Perdí mi alma por el camino,
mi alma quedó allá anclada.

miércoles, mayo 07, 2014

Notas

Notas.
¿Notas?
¡Notas!

Nòtame
que ya no me veo
entre la neblina
que recubre a mi espejo.

Nòtame
que es neblina frìa
de viejos recuerdos.

Nòtame
que no he anotado
el camino de mis pasos
que me llevan hacia el templo
de los tiempos de los rìos,
de los rìos y senderos,
de los àrboles soplando
tu nombre fuerte en el cerro,
que contempla mis pecados
esos ya tan espesos
y los enjuaga en las aguas
con aromas a inciensos. 

Nòtame
que mis notas ya no saben
de mapas ni de encuentros
sòlo saben de palabras
y de escarchas en el viento.

Nòtame
¿Me notas?
¡Nòtame!
y nòmbrame
en susurros que arrojes lejos
hacia el cielo perdido
allà a lo largo en el tiempo.

Nòtame
ya que dejè mis caderas
flotando lejos sin centros,
y he perdido a mis piernas
en algùn sumiso intento
por alcanzar todo eso
 a lo que llaman sueños...

¡Que dejè mis pies
con zapatos dentro
de mil telarañas
en rincones negros!

Nòtame
y guìame
por los sanos juegos
que juguè aquel dìa
dìa que ya no recuerdo
de cancioneros plàcidos,
plàcidos y serenos.

sábado, mayo 03, 2014

Setenta

Setenta.
Setenta indicaba la velocidad màxima en ese paso a nivel llegando a la estaciòn ansiada.
Era de madrugada. Mi boca sabìa a oles de todos los aromas que imaginaras, de todos los colores que pertenezcan a este prisma, de todos los mareos que en las alturas dominaran. Setenta leì otra vez, acercàndome al cruce de la vìa nocturna e insonora. Mis piès iban menguando marcha; ya se arrastraban, reventaban dentro de las pesadas botas de cuero apelmazadas . Mis piès se rebelaban y en su rebelo me señalaban, ¡setenta! ¡setenta, velocidad màxima! para esos pasajeros que pronto bajasen de sus noches en la estaciòn de allà a una cuadra por la que yo no pasarìa en mi retorno a casa. Cada paso era màs espeso, cada inhalaciòn màs abandonada, querìa llegar a casa, pero ni a el setenta llegaba. Con esfuerzo alcancè las vìas; creo que mis piès sangraban. Y ahì lo vi de cerca a ese setenta que brillaba y no impedìa que me detenga rièndose a carcajadas para dejarme dormida y para siempre contemplada. Esa noche habìa sentido a mi juventud desparramada mientras todos se reìan, yo por dentro lloraba. Ahora ya sin remedio estos nùmeros me miraban y especial sonrisa siete y cero me sacaban, pensando no en otra cosa que en acostarme a su porte, que mi velada cuidara hasta que la feroz envestida, màgica y apresurada, descuartizara mis miembros y por el aire flotara. Hoy acà me encuentro quebrada pero no por ese setenta a quien dejè por la nàusea que me llevò de corridas hasta el jardìn de mi casa, con mis mùsculos temblando y mis làgrimas calladas. Un siete, un revolver gatillado, un cero, la misma nada... esperan a la vuelta, en mis vìas despojadas de este dolor inmundo que oscurece a mis entrañas.