jueves, abril 10, 2014

Viajes

Viaje Inicial 

Llegué a destino luego de ocho meses de placentero viaje. El lugar estaba tan húmedo y confortable que podría haber pasado toda mi vida allí meciéndome con el vaivén permanente y suave.
Pero no duró. Una fuerte coalición entre presión alta y baja, me obligó a abandonar apresuradamente mi viaje.
Cuentan que después del choque me retorcía, mientas me envolvían llamaradas de líquidos incesantes, y que algo, parecido a un cordón en mi cuello me asfixiaba, mientras se esforzaban por rescatarme.
Después de horas de traqueteo, pudieron librarme, de lo que se había convertido en una mortífera trampa para mí.
La tensión pasó, con ella el shock, pero mi arribo fue en una no tan agradable “germinadora de bebés”, la cual no recomiendo a nadie, debido a que el ambiente es chico, el olor a tanta pulcritud, artificial, y la luz escasa.


Viaje a Casa Línea 60: San Fernando-Carapachay 

El temblor del traumático primer viaje pasó, para la primavera de 1980.
La quietud, la paz y la alegría dieron el inicio a un nuevo viaje, sobre la carrocería pesada del amarillo y trompudo colectivo de la línea 60, camino a mi hoy, antigua y descascarada casa, de Quiroga al 3800, en Carapa.
Tíos, abuelos (los primos y hermano vinieron después), y parientes lejanos, balanceaban el colectivo de un lado a otro gracias a la felicidad que les brindaba el primer bebé en la familia. Papá era un gran chofer y mamá un excelente copiloto. El colectivo estaba de fiesta.
Pero los años pasaron, y para el año 1985, el viaje se volvió intolerable. La falta de service y el frecuente mal uso, achacaron y deterioraron al vehículo. Las peleas por cambiarlo o no, se volvían cotidianas, mientras el humo nos intoxicaba. Al final, nos deshicimos de él, y lo único que lamento de aquella época es que pobrecito, mi hermano a quien tanto le gustaban los fierros, solamente pudo disfrutar de él, dos años.


Viaje de Larga Distancia 

Pronto, papá salió en un viaje de larga distancia, y mamá, hermanito y yo comenzamos a viajar con otro chofer. Abuelita no quería viajar con nosotros, ella viajaba con su club de jubilados. A veces veo los videos. Son muy divertidos.
El nuevo chofer, era un señor muy amable. Se llamaba Jesús, Don Jesús el de la Cruh. Lo conocimos bien, ya que por muchos años traía los cajones de la refrescante naranja, y charlaba grandes ratos con mamá, mientras nosotros, mi hermano y yo entendíamos poco y nada, pero respetábamos maduramente todas sus decisiones. En poco tiempo, comenzamos a ver diariamente al bondadoso señor que nos llevaba a pasear de aquí para allá.


Viaje en Rutas Paralelas 

En 1995, perdimos a abuelita. Creo que salió a una excursión y se la olvidaron cuando visitaba la jaula de los leones ( todavía no me explican si la visitaba por dentro o por fuera). Pero yo, que le creía al señor Jesús, ese tan bondadoso señor, que me había enseñado tanto, con todos esos grandes libros, las hojas de rutas con mapas y todo, siempre esperé volverla a encontrar. Todos los caminos conducen a Roma ¿no es así?. Tengo que visitar Roma alguna vez.


Viaje en Vehículo Propio 

Cansada de que me conduzcan, para 1999 decidí tomar el volante de mi vehículo. Como diría Sabina, opté por ser mi propia “conductora suicida”. A esta altura, había conocido demasiadas rutas, y estaba muy enojada porque las precipitaciones, tormentas y granizo eran frecuentes. Me había aburrido de ver campos y campos, árbol, vaquita, caballo, oveja, vaquita, caballo, oveja,...árbol. Además todo teñido de un color gris tormentoso, y un cielo tan negro que nunca me permitía descubrir las formas de las blancas nubes. Por otro lado, me di cuenta que el señor Jesús, en el Puerto de Olivos, me había decepcionado, ya que era mentira que podía caminar sobre las aguas. El simplemente se hundió como cualquiera de nosotros.


Viaje Final

Hoy día salto de un viaje a otro sin destino fijo, sin esperar llegar a Roma, ni al cielo.
Hoy viajo por el propio placer de viajar. Espero largas horas diversas líneas, bajo la lluvia o el ardiente sol, observando las mentes silenciosas de los transeúntes, para llegar a la facultad, al trabajo, o simplemente a casa, esperando algunas veces ver a mamá que llegó muerta del trabajo, o ver si mi hermano se arrimó un poco mas a la costa de ese mar negro que es su mente, en el que se adentró hace un par de años y rema por salir. Otras veces quiero llegar a casa y encontrarme con el profundo silencio, tirarme panza arriba a soñar o a llorar, mirando el cielo raso de mi habitación y rogando que ese flojo pedazo no se desprenda sobre mi cara.