viernes, febrero 07, 2014

CUARTA PARTE DE UN CUENTO COMUNITARIO PARA QU LITERATURA...A EDITARSE PRÒXIMAMENTE Y DE DISTRIBUCIÒN GRATUITA... TENGO EL HONOR DE CONTINUAR CON LA CUARTA PARTE QUE SIGUE ASÌ....

Seis treinta, seis treinta, pensaba. Me escabullí por los oscuros pasillos sin emitir sonido, tragando aterrado mi propia respiración. Seis treinta, el retrato yo, el retrato seis treinta, yo, la pelirroja el retrato yo, yo la pelirroja. ¿Qué diablos hacía yo en ese retrato? Iba a enloquecer. Mi corazón latía saliéndose de mi pecho a doscientas pulsaciones por segundo. Enfilé hacia la salida de atrás. Me pareció la mejor opción debido a que no sabía qué hora era; podría pasar que los citados a la reunión justo entrasen por el frente, por donde yo había roto la ventana para entrar, y me encontrasen saliendo por allí. Así que lo mejor era la salida posterior, que lindaba con un estacionamiento para personal de la escuela y, más atrás, con una vía abandonada y una autopista. Nadie notaría mi presencia. Envestía velozmente hacia la puerta trasera, cuando escuché la feroz frenada de un coche que estacionaba alterado. Ya junto a la puerta, a un paso de la libertad, quedé paralizado. Las voces de una mujer y de un hombre se escuchaban más y más cerca. Súbitamente reaccioné. Me incliné y miré por la cerradura de la enorme puerta. ¡No podía ser! ¡No! ¡Era la pelirroja, con su altanería, su pronunciado escote, su ajustada pollera tubo y sus altísimos tacones que producían un resonante tic-tac tic-tac anunciando, recordándome las malditas seis treinta y el retrato en la pared! La acompañaba un caballero alto y fuerte, vestido de negro; parecía ser alguien de seguridad, alguien armado que despertaba sospechas, alguien muy raro para que tuviera algo que hacer en un establecimiento de esa clase y prestigio. De repente me sentí invadido por un terror mafioso y a merced de un peligro total, absoluto. Ya estaban sobre la puerta, y yo, petrificado, no pude hacer otra cosa que intentar hacerme invisible pegándome a la pared. ¡Y lo logré! Abrieron la puerta con una llave y pasaron junto a mí dando un portazo indiferente. Durante un segundo me sentí morir… pero cuando pasaron volví a respirar. Caminaron rápidamente a través del largo pasillo hasta la oficina que yo había abandonado hacía minutos diciendo algo acerca de un corazón que necesitaban con urgencia y de un millón de dólares que estaba en juego. Algo acerca de un niño llamado Juan Manuel, Juan Manuel, Juan Manuel. Al oír ese nombre se me rasgó el alma. De nuevo me sentí morir, y casi sin darme cuenta cien lágrimas manaron de mis ojos. Entonces lo supe. No podía irme. Aunque cada neurona de mi cerebro me gritara que quedarme allí era una locura, algo no me dejó abandonar el edificio. Con la resignación de los condenados, emprendí el regreso a la oficina. Caminaba con idéntico terror pero con mayor decisión que antes hacia la oficina, cuando mi torpeza y la escasa luz me hicieron tropezar con un jarrón de porcelana que reposaba sobre una pequeña mesa decorativa colocada en el pasillo. El jarrón estalló en mil pedazos contra el piso en un estruendo que retumbó por todo el lugar. Presa del pánico, conté hasta diez sin moverme, con la vaga esperanza de que la oscuridad me ocultara de los cuatro ojos que se me vendrían encima. Pensé en tomar mi arma y gatillarla. Pero nadie salió de la oficina. ¡No entendía! Nadie salió. Era como si fuese invisible, inoloro, incoloro, invisible… como un fantasma. Recobré el aire nuevamente, caminé unos pasos y me deslicé hacia la puerta, que estaba entreabierta. Acerqué un ojo y miré con cautela. En el otro extremo de la oficina, ellos bailaban. Bailaban un baile raro y feroz. Entre mordiscones, gemidos y rasguños se revolcaban sobre el escritorio a la luz de la vela y se desvestían mientras yo y el retrato de mi yo los mirábamos con asco y desprecio. Se apareaban como tigres en celo entre rugidos, escupiendo una repugnancia que jamás había sentido. Ella ordenaba, él cumplía. Según palabras de ella, entrecortadas, distorsionadas, “mi difunto no sabía de satisfacción ni de negocios”.